Zumba para gordas ¡y para todos!

zumba para gordas

Hace un par de años os contaba que pensaba hacer en casa zumba y cardiobox, con vídeos de YouTube que me parecieron de lo más inspiradores. La niña aún no había empezado a ir al colegio y no soportaba que la tele estuviera encendida para ver a esta gente bailando y no sus dibujos animados. Así es que fracasé en mi empeño, porque estaba con ella 24 horas al día, trabajando desde casa, con mis ratos de ocio con ella y no había forma humana de ponerse a mover el esqueleto ni siquiera de noche. Se acostaba a partir de las 11 de la noche ¡y yo también! A esas horas no estaba por la labor de ponerme a valorar si el zumba para gordas era buena idea o mala. A esas horas ¡yo también quería dormir! A pesar de todo, a ella le encanta bailar, a su aire y con libertad, por lo que compré un juego de Just Dance para la Wii de segunda mano, convencida de matar dos pájaro de un tiro: pasar tiempo con ella, divertirnos ¡y quemar calorías! Pero tampoco funcionó. Resulta que la niña me ha salido muy exigente y sabe que no está imitando los bailes de la tele a la perfección, por lo que tras la primera canción se frustra y ni baila ella ni deja bailar a nadie. Luego nació el pequeño, el niño más demandante y apegado del mundo, que hasta las siestas las ha dormido en brazos durante muchos meses, por lo que era imposible despegarme para danzar. Y justo cuando hice los anti propósitos de año nuevo ¡voy y me apunto a un gimnasio! Casi 4 años y medio después de mi último paso por él, vuelvo a darlo todo fuera de casa, ya no por bajar de peso ¡sino por vivir!

¿Por qué he elegido el zumba para gordas? Pues por horario, es la única clase dirigida a la que puedo asistir mientras el insecto palo se queda con los niños. Las demás son en horario laboral, me coinciden con las cenas, en fin de semana no las hacen, o son de una intensidad alta que me atemoriza, así de entrada. Nunca he sido una gacela esbelta, ni una bailarina experta, pero al menos estas clases me divierten y no se me hacen tan pesadas como hacer series de repeticiones aburridas. Me daban miedo muchas cosas: no tener ropa adecuada, llevarme por delante a los compañeros al ir completamente descoordinada, no ser capaz de seguir el ritmo, ser el cachondeo del lugar, ya que la sala está completamente acristalada y se nos ve desde todas partes… ¡Y hasta caerme en plan madre chochona y oxidada! Pero al llegar, vi que había 6 personas de la tercera edad y oye ¡que me vine arriba! Pensé que si estos 3 hombres y 3 mujeres estaban allí rondando los 70 años ¿cómo no iba a poder yo con el ritmo y la mitad de edad? Pues ojo con el fondo que tienen estos señores, porque madre de Dios qué ritmazo llevaban, qué coreografías tan bien memorizadas y qué espectáculo verlos danzar. ¡Yo quiero ser como ellos! No aspiro a más.

El primer día de zumba. Fue un viernes y salí del gimnasio como loca. Ya me veía dedicándome profesionalmente al zumba plus size. Sí, me perdí en un montón de pasos, fui a la derecha cuando había que ir a la izquierda, la coordinación de manos y pies era la que era, pero oye ¡había canciones que me quedaron medianamente dignas! Eso sí, ¡qué poco reggaeton y ritmos latinos actuales conozco! Excepto por el Despacito de Luis Fonsi, el resto era completamente nuevo para mí. Me animó bastante ver que a la gente no le da tiempo de fijarse en lo mal que lo hago, que pude llegar al final de la clase sin morir asfixiada, pese a que a los 20 minutos ya notaba las zonas del cuerpo en las que me saldrían agujetas dos día después. Más que la falta de oxígeno notaba un hormigueo rarísimo en las piernas. Aún así, creo que debo hacer los movimientos con más intensidad para acabar de descargar energía.

Constancia y un rato para mí. Nunca pensé que mi vuelta al gimnasio se produciría no por motivos de peso o salud, sino por encontrar una actividad fuera de casa que me dejara un ratito de tiempo para hacer algo yo sola. Ha sido la carga mental de ser madre, 24 horas al día, durante más de 4 años, sin tener ni un minuto a solas para hacer algo propio con tranquilidad, lo que me hizo explotar y necesitar este tiempo para vivir. Podría haber sido ir al gimnasio o cualquier otra afición, pero ya puestos a buscarme un hueco ¿qué mejor que lograrlo en una actividad que encima sea beneficiosa para la salud?

Ahora, mi plan es ir al gimnasio un mínimo de 2 días a la semana y un máximo de 3, porque soy realista y sé que como no mejoremos nuestra organización familiar cuando los niños crezcan, aspirar a más minutos será imposible. A mi adorado descubrimiento de zumba sólo podré ir un día a la semana, y el resto haré bicicleta estática, o esa tortura tan agotadora que es la elíptica, o bien natación. ¡La verdad es que sea lo que sea me da igual! Es mi momento para salir un rato, moverme, respirar, desintoxicarme del sedentarismo y encima volver a casa de mejor humor y con más energía pese al tute de tantas idas y venidas en el gimnasio. ¿Os habéis sentido así alguna vez? ¿Liberadas por el deporte? ¿Que una actividad que implica un cansancio mayor del que ya lleváis acumulado, en realidad os ayude a desconectar y recuperar fuerzas?

Mamá curvy

Siempre he sido una chica de talla grande pero la maternidad me hizo ser consciente de que ahora sí que no hay vuelta atrás. Por eso creo que la felicidad no se mide en kilos de peso, sino en curvas sinuosas. Si piensas que ser madre y sentirte mujer no son rasgos definitorios incompatibles ¡este es tu lugar!

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