Un mes viviendo sin azúcar añadido (o casi)

un mes sin azúcar

Antes de terminar el mes de agosto tomamos la decisión en familia y ya hemos sobrepasado un mes viviendo sin azúcar añadido de forma habitual. Yo tenía claro que quería hacer el intento, por lo menos para mejorar mi alimentación sin recortes drásticos, sin dietas restrictivas y con el poco conocimiento que puedo tener para lograr no seguir aumentando de peso de una forma saludable. Tras la vista a mi médico de cabecera, que me ve sana y estupenda, y la lectura del libro de Julio Basulto Mamá come sano, le conté a este hombre que para nosotros el azúcar se estaba convirtiendo en una droga. Él tendría secuelas internas, porque a ojo está seco y nadie diría que come una cantidad de cosas insanas nada despreciable. Y yo ¡a mí cualquiera me acusaría de todo por mi curvy cuerpo! Al final, pesaron 2 motivos principalmente para coger el caballo por las riendas y dar el paso: primero, darnos cuenta de que de verdad sentíamos un vacío interior y nos acosaban los pensamientos obsesivos cuando pensábamos en renunciar a nuestras porquerías azucaradas. O sea ¡que sí estamos enganchados al azúcar! Y segundo: queremos ser un buen ejemplo para los niños en materia de alimentación. Así es que con solo dos motivos. Esto es lo que hemos logrado en 4 semanas.

Lanzarnos de forma poco consciente a por el reto. Yo leí libros y artículos y este hombre simplemente se dejó llevar. Si hubiéramos dado muchas más vueltas al tema ¡creo que nunca hubiéramos encontrado el mejor momento para hacerlo! Así es que a finales de agosto, con el pueblo en fiestas, saliendo mucho de casa, con la tentación de los helados y de las comidas en puestos callejeros, nos plantamos, nos hicimos fuertes y comenzamos el desafío. Sin grandes aspiraciones y siendo lo más restrictivos posible dentro de una cierta lógica. Por ejemplo, yo me niego a tirar comida, por insana que sea, que ya teníamos comprada en casa. El problema es que en un mes no la hemos tocado (galletas, Nocilla, helados, paté) y al final acabaremos tirándola caducada, lo veo venir. Pero el propósito ha sido firme, aunque no hubiera sido mala idea deshacernos de todo antes de empezar, porque las recaídas son más fáciles si la tentación está cerca.

La niña es la más disciplinada. Le hemos dicho una vez que no hay zumos, ni galletas de chocolate, ni gominolas en casa y no ha vuelto a preguntar por ellas. En la calle, sí le han ofrecido alguna que otra vez alguna cosa de estas, pero 2 días de comerlos frente a 30 de no hacerlo ¡mucho me parece ya! Porque además le encantan estas cosas y se vuelve loca de contenta cuando tiene la oportunidad de probarlas. Sin embargo, en el día a día no las echa de menos. Eso sí, en la calle no tiene el hábito y si va a una tienda donde hay cosas azucaradas a tiro ¡no se conoce!

Dificultades al hacer la compra. Hay productos engañosos, como las verduras enlatadas que a veces incluyen azúcar a traición. Poco a poco vamos descifrando etiquetas y sabiendo que para un mismo producto no todas las marcas son iguales. Por ejemplo, en el jamón york casi todos los fabricantes ponen azúcar mientras que en el jamón de pavo no suele haberlo, ni siquiera en las marcas blancas más baratas del supermercado. ¡Bienvenido, jamón de pavo! Es un desafío tener que elegir más frutas y verduras y buscar nuevas recetas que cocinar con ellas. Al huir de los alimentos procesados (casi todos ricos en azúcar y además con grasas de palma y de otras variedades poco saludables) hasta hemos tenido comidas principales en las que la protagonista no ha sido ni la carne ni el pescado, sino la coliflor o una berenjena. ¿Quién me lo iba a decir? Encontrar nuevas formas de cocinar estas verduras es un desafío ¡y más para una pésima cocinera como yo! También he aprendido a hacer una bechamel con calabacín que queda riquísima. Sin embargo, he notado que vuelvo con muchos menos alimentos a casa y me gasto un tercio más de dinero.

Kilos perdidos y volumen. No he podido hacer nada más, ni cumplir con mis planes de vida menos sedentaria ni nada. Pues aún así, se me han caído casi 3 kilos en este mes, sólo controlando la ingesta de azúcar. Como pan, carne, pescado, no me impongo restricciones en las cantidades y sin embargo, aunque sólo sea por la novedad, ese peso se ha ido. A diferencia de otros momentos de mi vida en los que hacía dieta, también se me ha reducido el volumen del cuerpo: yo suelo perder kilos “más fácilmente” (lo pongo muy entrecomillado porque si fuera fácil, fácil no estaría tan curvy, pero no volumen. Y ahora, pese a la escasa actividad física que se limita a llevar y traer a la niña del cole y perseguir por la casa a mis dos criaturas ¡la ropa empieza a quedarme ancha!

Ansiedad. La verdad es que en este primer mes ha sido mucho menor de lo que me esperaba. He tenido un par de días agotadores con los niños, sin ayuda, que me han hecho atacar alguna de esas cosas escondidas por casa ¡por eso no debería tenerlas aquí! Pero excepto por estos 2 momentos de crisis, la cosa ha ido rodada. Creo que al hacerlo en familia no veo que otros coman cosas que yo desearía y que me he propuesto no comer, por lo que los antojos son mucho menores. El día de la compra semanal me suele resultar algo más duro, porque al pasar por los pasillos de la bollería y las galletas ¡las echaría todas al carro! Pero por suerte, son los últimos que debo recorrer para ir a la caja del supermercado, así es que aligero el paso y logro salir airosa. No sé si de ahora en adelante, estas tentaciones serán cada vez más difíciles de sobrellevar o más fáciles. Ya os contaré.

El hábito a mí no me ha surgido aún. Por mucho que haya gente a la que no le cueste nada hacer el cambio, a mí me sigues poniendo por delante una manzana y una tarta de chocolate y debo tener 1.000 palabras conmigo misma para elegir la fruta. Pero bueno ¡al menos logro convencerme para elegirla! Aunque me quede mirando ambas opciones medio atontada durante un rato. Espero seguir haciendo progresos en este aspecto. ¿Habéis hecho alguna vez algún reto de este estilo? ¿Creéis que los azúcares ocultos son realmente tan perjudiciales y adictivos como nos dicen?




Mamá curvy

Siempre he sido una chica de talla grande pero la maternidad me hizo ser consciente de que ahora sí que no hay vuelta atrás. Por eso creo que la felicidad no se mide en kilos de peso, sino en curvas sinuosas. Si piensas que ser madre y sentirte mujer no son rasgos definitorios incompatibles ¡este es tu lugar!

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