Cuando tu peso te hace desconfiar de la seguridad del mundo que te rodea

silla gorda

¡He vuelto! He tenido una mega desconexión este puente durante nuestro viaje familiar a Suiza, pero vengo hartita de comer queso, cositas baratas en restaurantes de comida rápida, aunque con el curvy ánimo por las nueves. El caso es que durante mi estancia fuera, me he dado cuenta de que nunca os he contado la de veces que dudo antes de realizar alguna actividad porque no me fío de que sea segura para este cuerpazo. ¿Os ha pasado alguna vez esto de que tu peso te hace desconfiar de la seguridad del mundo que te rodea? ¿Que nada está hecho para soportar nuestro tonelaje? ¿Que cada vez se fabrican artilugios de peor calidad, menor durabilidad y no aptos para gordas? Os cuento algunos ejemplos de casos en los que me lo he pensado 100 veces antes de decidirme a dar el paso y fiarme de que la gravedad no diera con mis lorzas en el duro suelo.

¡Bajemos en trineo! Esta semana, nevó bastante en Suiza, así es que los amigos a quienes visitamos sacaron sus trineos y fuimos a deslizarnos por una colina pequeñita, apta para los niños. Sinceramente, no pensé que tendría la oportunidad de tirarme yo también, pero el bebé se quedó dormido en la mochila de porteo y cuando el padre de la otra familia me ofreció uno de los trineos para probarlo ¡entré en pánico! ¿De verdad esas cositas de plástico o de madera iban a soportar mi peso? Corriendo, puse como excusa que prefería quedarme quieta para que la siesta del niño fuera lo más larga posible, pero el comentario me hizo pensar en lo divino y lo humano de que este cuerpo destruyera de un culetazo alguno de los juguetes de los niños. Al día siguiente ¡lo acabé probando! Y sí, el trineo de madera sobrevivió dignamente. A veces nos preocupamos de forma exagerada.

Las maletas de viaje. Suerte que en esta aventura familiar los aviones han sido tan puntuales, y nosotros hemos llegado con el tiempo tan justo, que no ha habido posibilidad de intentar descansar durante la espera aposentándome sobre una de nuestras maletas. La gente lo hace mucho: en vez de buscar una silla en el aeropuerto, o echarse al suelo directamente, plantan sus maletas en posición vertical y se sientan en ella a modo de taburete. Antes pierdo las dos piernas que intentar esto. Entre que mis maletas son baratas y de calidad muy cuestionable, y este curvy cuerpo que me gasto, me visualizo chafando el equipaje y haciendo reventar costuras y cremalleras por todas partes. Así me salgan varices de estar de pie, sobre la maleta no me siento ni en caso de necesidad extrema.

El trenecito de la bruja. Ay, tengo pendiente contaros mis experiencias como gorda en los parques de atracciones, pero por el momento os contaré la última en la feria del pueblo este verano. Hay cacharritos de feria para niños en las que los muy pequeños, como la mía, que por entonces tenía 3 años, deben subir acompañados. Los artilugios de los feriantes creo que tienen el primer puesto entre los propietarios de cosas en las que tu peso te hace desconfiar de la seguridad del mundo que te rodea. Y es que yo me ofrecí voluntaria a dar vueltas y vueltas en ese tren de la bruja con subidas y bajadas, con un señor que nos pegaba con desgana y unos chorros de espuma y agua que nos ponían perdidas porque sí, sin ningún otro motivo aparente. Pero en el momento de intentar cerrar la barra de seguridad ¡una de mis mollas impedía la maniobra! Ay, señor. Muy dignamente, encogí más la barriga que la Obregón en sus posados veraniegos y encajé aquello como pude. Sinceramente, yendo a ras de suelo no veía yo la necesidad de tanta barra: para los adultos era un coñazo y para los niños completamente inútil, porque se movían en el asiento como querían. En aquel momento era capaz de cualquier cosa por tal de no bajar del cacharro y defraudar a la niña.

Las sillas de diseño. Oye, tú sales por ahí a alternar a bares, restaurantes, eventos variados, y si te topas con sillas de las de toda la vida de Dios, con sus 4 patas hechas y derechas, sus asientos de madera, o de enea, ni te planteas la posibilidad de acabar con tus carnes sobre las baldosas, por más vieja que esté la silla, y más renovación que esté pidiendo a gritos. Pero cuando vas a sitios modernos, y te presentan esos inventos del demonio, supuestamente ideados para presumir y no para descansar ¡tiemblo sólo de pensar en que pueda romper una! De verdad, más de una vez me he quedado de pie ante sillas que no me trasmitían la más mínima confianza. Dice el insecto palo que es imposible que vaya a romper una silla sólo sentándome como está mandado, pero hay ciertas florituras, y ciertas cosas con plásticos trasnparentes, que me parecen monísimas, pero de las que necesitaría el libro técnico del fabricante antes de arriesgar mis mullidas posaderas.

Los columpios. Para empezar, debo reconocer que con el paso de los años me mareo bastante en los columpios. Y para terminar, que me da miedo que las barras cedan, quedarme atascada en el tobogán o lanzar a la niña al espacio sideral en un sube y baja. ¡Jajaja! Me río sólo de pensarlo, pero sí, el parque ya no es un lugar para mí. Ahora que la niña tiene su libertad y puede usarlo todo sola, descanso un poco a la espera de que el bebé reclame también sus dosis de paseos, pero lo de hacer como que somos amigas y nos columpiamos juntas ¡eso no lo concibo!

¿Qué situaciones cotidianas os ponen al borde del abismo en relación a vuestro peso y a la posibilidad de destruir cosas?

Mamá curvy

Siempre he sido una chica de talla grande pero la maternidad me hizo ser consciente de que ahora sí que no hay vuelta atrás. Por eso creo que la felicidad no se mide en kilos de peso, sino en curvas sinuosas. Si piensas que ser madre y sentirte mujer no son rasgos definitorios incompatibles ¡este es tu lugar!

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