5 meses sin azúcar. Recaídas varias

5 meses sin azúcar recaídas

Debo reconocer que la decisión de intentar llevar una alimentación con alimentos más naturales, con menos procesados huyendo de los azúcares añadidos y ocultos sigue vigente en casa. 5 meses sin azúcar con recaídas varias, pero oye, no quiero perder el espíritu optimista, porque lo estamos intentando en familia, estamos comprometidos todos y los niños son los que menos sufren con el cambio de hábitos. Lo han aceptado con una normalidad pasmosa en comparación con los pensamientos que a mí me abordan a diario. Del bebé no hablo, porque con un año no prueba el azúcar ni añadido ni sin añadir, que sigue siendo lactante y sus contactos con la comida se limitan a las frutas en su estado natural y las verduras, carnes y pescados al vapor, hervidos, además de cereales, hortalizas ¡lo que deberíamos comer todos los demás en casa! Pero el resto tenemos una alimentación más amplia ¡y peor! Que todo hay que decirlo. La niña creo que es la primera implicada en cumplir con el reto como si nada. Sabe que en casa no hay cosas dulces, como ella las llama, y no las pide. Claro que de vez en cuando le pasa por la mente la idea de un zumo o de una galleta, pero le recuerdo que no lo hay y ahí se queda la conversación. No insiste, ni monta escenas, ni se siente la más desgraciada del mundo. El insecto palo lo lleva dignamente también y con una fuerza de voluntad encomiable. Yo creo que soy la oveja negra de la familia. De cara a ellos me esfuerzo en todo lo que puedo, pero en soledad…

Pensamientos recurrentes. Yo pienso en cosas dulces a diario ¡incluso en sueños! Está visto que lo de desarrollar hábitos saludables para mí es una tarea infinita, porque por más consciente que soy, y pese a tratar de elegir opciones sanas, como lo tenga a mano no me conozco. Sigo imaginando cómo eran antes mis postres, y mis antojos entre horas, y mis meriendas, y mis fines de semana ¡todo llenito de azúcar! No me cuesta seguir comiendo de una forma más sana, pero no puedo alejar los pensamientos de las costumbres anteriores. No sé si estas ideas desaparecerán alguna vez, o me perseguirán toda la vida, o me harán fracasar en el futuro.

Recaídas. Las recaídas se producen cada fin de semana. Fuera de casa, si topamos con azúcares por doquier es casi imposible rechazarlos. La niña se vuelve loca, literalmente, cuando alguien le ofrece un caramelo o un trozo de tarta en un cumpleaños. Incluso viene a decirnos que eso tiene azúcar y que si se lo puede comer. Claro que puede, porque no se lo vamos a prohibir para que al final el aprendizaje se vuelva en nuestra contra, y en cualquier caso, será menos dañino que lo coma un día a la semana y no los 7 días y en cada una de las comidas que haga. Yo tengo un problema más gordo cuando estoy a solas y es que si salgo de casa y me da hambre ¡ay, lo que me cuesta no ceder! Si ellos no vienen conmigo, raro será que no acabe en brazos de la bollería industrial. Y lo peor es que no suelo contentarme con un trocito de tentación ¡es que quiero comerme kilos enteros! Al rato se me pasa, y a mí no me queda ni cargo de conciencia ni nada, pero es insoportable esa sensación de que un cacho de bollo tiene más poder sobre mí que yo misma.

Ansiedad por el fin de semana. Como no podemos cambiar los hábitos de toda la familia, amigos, ni siquiera de las cafeterías y restaurantes que frecuentamos (que además, al ir con niños se reducen un montón las opciones en las que habitualmente cabemos con el carrito y que tienen zona infantil) el sábado y el domingo a mediodía y por la tarde solemos hacer la vista gorda para no estresarnos innecesariamente. Esta era la idea inicial, pero en mí la cosa ha ido más allá, y es que al final he acabado deseando que llegue el fin de semana, no solo por lo que implica respecto a la desconexión de la rutina semanal ¡sino porque sé que algo dulce se cruzará en mi camino! Sí, a día de hoy, el azúcar sigue siendo capaz de darme felicidad o quitármela. Es así de triste la cosa.

Al hacer la compra. Curiosamente, pese a todos los malos pensamientos que me asaltan casi a diario, en el momento de hacer la compra para la semana me cuido mucho de traer a casa alguna cosa no apropiada. Ni bollería, ni galletas, ni cereales, azucarados, postres… Lo único que traigo es chocolate casi por toneladas, del 74% para mí y del 85% para este hombre, pero yo no puedo con esa amargura tan negra. Vamos, que a veces sé que el único capricho que tengo en casa es ese, y ni lo cojo porque ni me parece dulce ni me quita el deseo de lo que en realidad querría comer.

Al final, tengo la sensación de que vivir enclaustrada en casa sería la única forma de no recaer, pero eso es completamente imposible. Por ahora, seguiremos adelante con todo el ánimo del mundo pero ¿llegará el momento es que me salga de forma natural el elegir los alimentos saludables cuando esté fuera de mi zona de confort casera? ¿O esto no cambiará nunca?

Mamá curvy

Siempre he sido una chica de talla grande pero la maternidad me hizo ser consciente de que ahora sí que no hay vuelta atrás. Por eso creo que la felicidad no se mide en kilos de peso, sino en curvas sinuosas. Si piensas que ser madre y sentirte mujer no son rasgos definitorios incompatibles ¡este es tu lugar!

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