Tu madre y tu suegra no quieren que adelgaces

Tu madre y tu suegra no quieren que adelgaces

Puede que ya lo hayas descubierto por ti misma, pero tu madre y tu suegra no quieren que adelgaces. Da igual el coñazo que te hayan dado ambas durante toda tu vida con cuestiones como “con lo mona que eres de cara”, “Si perdieras unos kilitos” y demás. Si alguna vez, por salud, por estética o porque te cambia el chip, decides hacer de la vida sana tu mantra vital, ellas van a interponerse en tu camino hacia el éxito con todas sus fuerzas. Esto es así, se mire por donde se mire. No me refiero ya a cuando tu periodo de comer bien atraviesa fechas difíciles como los cumpleaños, las navidades, las bodas y todos esos tinglados festivos familiares que parecen conchabarse para interferir en nuestra férrea disciplina alimentaria recién adquirida. No. Me refiero a situaciones normales, del día a día en el que si estas mujeres te insistieron tanto para que dieras un paso al frente y desearas cambiar tus hábitos y tu cuerpo ¡ahora parecen hacer todo lo posible para que fracases! Os pongo algunos ejemplos.

Comer de todo. Nunca he hecho dietas radicales de esas que te dicen que hasta el agua engorda o que el pan es tu mayor enemigo. Siempre he tratado de seguir la pirámide alimenticia y desterrar bollería, porquerías, precocinados e introducir frutas y verduras. Por eso, cuando los fines de semana tenemos comidas familiares, siempre digo que no hace falta que hagan comidas especiales por mí. Puedo comer de todo, en menor cantidad. Y muy a las malas, si alguno de los platos es extremadamente tóxico, prescindir de él y comer más de otro. Pero no necesito esclavas que me pongan un menú de boda variado cada sábado y domingo. Pues es decir esto ¡y que la comida cambie! A otra menos sana, más tentadora y más difícil de rechazar. ¿Lo hacen sin querer o porque me quieren hundir? No sé qué pensar, pero a veces parece que cuanto más me quiero esforzar más rico cocinan.

Por una vez no pasa nada. ¡Claro que no! Lo que pasa es que yo me conozco, y cuando no sigo el plan a rajatabla, empiezo por hacer una excepción. Después paso a decir que los domingos completos puedo comer de lo que quiera. Después que los fines de semana sí están permitidos los excesos. Después el fin de semana empieza ya el viernes, y un poco más adelante empezará el jueves por la noche. Y como lo veo venir, es mejor restringirme por completo. ¿Que esto puede generarme más ansiedad a largo plazo? Pues no lo sé. Antes pensaba que sí, que con tantas prohibiciones auto impuestas al final caía en el aburrimiento y perdía las buenas costumbres. Pero ahora pienso al contrario: que todas estas cosas azucaradas me tienen drogada perdida, y que es más fácil evitar la tentación por completo, que hacer una excepción, comer una galleta ¡y acabar zampándome el paquete entero sin control!

Los postres. ¿Qué puedo decir? Incluso cuando atravieso rachas pésimas de mal comer, por la ansiedad que me genera la lactancia, por ejemplo, los postres es algo a lo que puedo resistirme, porque en no comprándolos, yo no me voy a meter en berenjenales de repostería casera y los puedo evitar. Pero en casas ajenas, parece que si la comida no acaba con alguna de esas cosas ricas y prohibidas ¡no haya habido comida! Helados, tartas, bizcochos, y una serie de improvisaciones sobre la marcha, de cosas deliciosas que no hay quien diga que no. Bueno, alguna vez puedo negarme, pero otras muchas no tendré tanta fortaleza. ¡Qué pena de vida! ¡Y de comidas!

En mi caso, mi madre es la primera que me dice que me debería cuidar un poquito ¡y la primera que me arrima algo que no tendría por qué comer cada domingo! Esta dualidad me tiene loca. Igual vosotras vivís casos parecidos aunque estén protagonizados por otras personas de vuestro entorno. ¿Cómo lográis imponer vuestra voluntad sin incordiar al resto? ¿Cómo les hacéis comprender que no podéis hacer tantas excepciones hasta que vuestros nuevos buenos hábitos estén de verdad bien afianzados?




Mamá curvy

Siempre he sido una chica de talla grande pero la maternidad me hizo ser consciente de que ahora sí que no hay vuelta atrás. Por eso creo que la felicidad no se mide en kilos de peso, sino en curvas sinuosas. Si piensas que ser madre y sentirte mujer no son rasgos definitorios incompatibles ¡este es tu lugar!

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